
Sentí la presencia y vi su calzado. Unos tennis blancos raspados de sus partes laterales. Pisados. Con poca suela y menos pulcritud. Pero se veía limpia por dentro. Llevaba unos pantalones azules bien bordados. Su camiseta de cuello redondo con estampados de caricaturas. Caricaturas sonrientes. Sobre su blusa ella vestía un sweater azul rey. Radiante. Más que ella. Azul, parecido al cielo cuando termina el día. Azul.
Llevaba en su mano derecha un billete. Húmedo. Húmedo de tanto apretarlo. De tanto acariciarlo con la yema de sus dedos. Dedos delgados y huesudos. Se paró casi a dos metros de mi mesa. Miró el lugar y con voz tímida, temerosa y bajita, preguntó el precio de las tortas. Ahí está en la carta, hay diferentes precios. Le dijo el señor. Un señor robusto y blanco. Con gorro y mandíl.
Ella observaba y daba vuelta a la carta y después de varios minutos preguntó: Disculpe, ¿En qué parte viene la sección de las tortas?. El señor le quitó la carta de su mano y con cierto enfado le señaló con el dedo índice. Mira: TORTAS. Gracias, le dijo ella. Se quedó fija en la carta por otros minutos. Indecisa.
Miré su rostro. Era morena. Su piel era seca, se veía tibia. Viva. Con sus latiditos reluciendo. Latiditos de corazón sobreviviendo. Tenía el cabello negro y lizo. Parte de él le caía sobre su frente y ojos. Sus manos sudaban. Hasta parecía que temblaba. Sus ojos eran grandes y negros. Su boca chica y rosada. Tenía la mirada indiscutiblemente tierna y triste, con matices de alegría que no llegaba a felicidad. Ligera y vana felicidad.
Pidió una torta para llevar. Mientras se la preparaban, ella miraba lentamente. Miraba el techo, miraba sus manos, miraba al suelo, miraba la carne, miraba las manos del señor. Miraba. Miraba y miraba. Aunque más que mirar, pensaba. Siempre con sus labios apretados casi con una sonrisa forzosa. Como si se estuviera aguantando para no hablar. Como si quisiera hablar. Nunca se movió de donde estaba desde que llegó. Pasaba el billete a la mano izquierda, lo apretaba, lo volvía pasar a la derecha. Lo miraba. Se secaba el sudor de sus manos en el pantalón.
Su torta estaba lista. Alzó la mano para pagar. Sus ojos florecieron. Recibió dos monedas de cambio. Salió caminando y viendo la luna con sus labios húmedos y sueltos. Sus dientes eran grandes y firmes. Blancos como la misma luna.
Su noche floreció.
No tenía más de dieciséis años.
"El brillito volvió con el sabor en su boca"
Elop.
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