Elop

Ayer me contaron una pequeña anecdota en la cual uno de los extras que aparecían en la historia era Jorge Luis Borges.
Ahora sólo se me ocurrió mostrar uno de sus poemas.
Gracias.
A un poeta sajón
Tú cuya carne, hoy dispersión y polvo,
pesó como la nuestra sobre la tierra,
tú cuyos ojos vieron el sol, esa famosa estrella,
tú que viniste no en el rígido ayer
sino en el incesante presente,
en el último punto y ápice vertiginoso del tiempo,
tú que en tu monasterio fuiste llamado
por la antigua voz de la épica,
tú que tejiste las palabras,
yú que cantaste la victoria de Brunanburh
y no la atribuiste al Señor
sino a la espada de tu rey,
tú que con júbilo feroz cantaste,
la humillación del viking,
el festín del cuervo y del águila,
tú que en la oda militar congregaste
las rituales metáforas de la estirpe,
tú que en un tiempo sin historia
viste en el ahora el ayer
y en el sudor y sangre de Brunanburh
un cristal de antiguas auroras,
tú que tanto querías a tu Inglaterra
y no la nombraste,
hoy no eres otra cosa que unas palabras
que los germanistas anotan.
Hoy no eres otra cosa que mi voz
cuando revive tus palabras de hierro.
Pido a mis dioses o a la suma del tiempo
que mis días merezcan el olvido,
que mi nombre sea Nadie como el de Ulises,
pero que algún verso perdure
en la noche propicia a la memoria
o en las mañanas de los hombres.
Jorge Luis Borges.
Elop

La ropa tirada se lamenta. El suelo las cobija, les da agua, les inspira.
No se da cuenta que la ama, sólo se mira a sí mismo.
Con música romántica, siempre las mismas canciones. Nunca las recuerda.
Sólo sabe de lo bien que se ve con ese peinado que ve frente al espejo.
Ella también le nutre su vanidad al regalarle esas miradas demoledoras.
Nunca tienen su cama limpia, pero sus cuerpos sí. El más lúgubre contraste.
Las paredes son húmedas y mohosas.
Y comienza otra canción...
Una melodía pura, transparente. Ellos sudando artificiales sin sentido y con vacío. Otro lúgubre contraste.
La canción llena el vacío. Y a ellos no los llena nada.
Ella lo ama. Él...Él se gusta a sí mismo.
Ella se entrega. Él se luce.
La cama soporta, las paredes observan, el viento no quiere salir, el techo se ríe.
Sus ojos cegados en el, y él ni la mira.
Poco a poco vuelve a la realidad, le da el olor a humedad. Le dice que lo ama.
Él ríe con brillo en los ojos y se da cuenta de lo bien que se le ve el tatuaje del brazo en esa postura.
Realmente nunca supo si la amó. Jamás lo sintió ni lo sentirá.
Se puso la ropa. Terminaron las canciones. Comenzaron los sollozos. Una vez más.
Esta vez, no volverá.
El niño bonito se quedó solito.
"No recomiendo tener sexo con música romántica. Tengo cierta tendencia a deprimirme. Prefiero oirla al hacer el amor."
Elop.
Elop

De terciopelo amarillo.
Del color del amor.
De blancas gotas de lluvia.
Inseparables.
Triangulares.
Lúcidas.
Discretas y manchadas.
Callendo sobre los hombros de mis alas entrecortadas por el sol.
Calando el dolor de lo inevitablemente absurdo entre manos.
Protegiéndote paso a pasito con las manos tibias.
Desligando de a poquito tus ojitos.
Y vuelve a amanecer.
Elop.
Elop
LA MUCHACHA EBRIA
(Por Efraín Huerta)
Este lánguido caer en brazos de una desconocida,
esta brutal tarea de pisotear mariposas y sombras y cadáveres;
este pensarse árbol, botella o chorro de alcohol,
huella de pie dormido, navaja verde o negra;
este instante durísimo en que una muchacha grita,
gesticula y sueña por una virtud que nunca fue la suya.
Todo esto no es sino la noche,
sino la noche grávida de sangre y leche,
de niños que se asfixian,
de mujeres carbonizadas
y varones morenos de soledad
y misterioso, sofocante desgaste.
Sino la noche de la muchacha ebria
cuyos gritos de rabia y melancolía
me hirieron como el llanto purísimo,
como las náuseas y el rencor,
como el abandono y la voz de las mendigas.
Lo triste es este llanto, amigos, hecho de vidrio molido
y fúnebres gardenias despedazadas en el umbral de las cantinas,
llanto y sudor molidos, en que hombres desnudos, con sólo negra barba
y feas manos de miel se bañan sin angustia, sin tristeza:
llanto ebrio, lágrimas de claveles, de tabernas enmohecidas,
de la muchacha que se embriaga sin tedio ni pesadumbre,
de la muchacha que una noche —y era una santa noche—
me entregara su corazón derretido,
sus manos de agua caliente, césped, seda,
sus pensamientos tan parecidos a pájaros muertos,
sus torpes arrebatos de ternura,
su boca que sabía a taza mordida por dientes de borrachos,
su pecho suave como una mejilla con fiebre,
y sus brazos y piernas con tatuajes,
y su naciente tuberculosis,
y su dormido sexo de orquídea martirizada.
Ah la muchacha ebria, la muchacha del sonreír estúpido
y la generosidad en la punta de los dedos,
la muchacha de la confiada, inefable ternura para un hombre,
como yo, escapado apenas de la violencia amorosa.
Este tierno recuerdo siempre será una lámpara frente a mis ojos,
una fecha sangrienta y abatida.
¡Por la muchacha ebria, amigos míos!
