Elop



Mi corazón emprende de mi cuerpo a tu cuerpo
último viaje.
Retoño de la luz,
agua de las edades que en ti, perdida, nace.
Ven a mi sed. ahora.
Después de todo. Antes.
Ven a mi larga sed entretenida
en bocas, escasos manantiales.
Quiero esa arpa honda que en tu vientre
arrulla niños salvajes,
Quiero esa tensa humedad que te palpita ,
esa humedad de agua que te arde.
Mujer, músculo suave.
La piel de un beso entre tus senos
de oscurecido oleaje
me navega en la boca
y mide sangre.
Tú también. Y no es tarde.
Aún podemos morirnos uno en otro:
es tuyo y mío ese lugar de nadie.
Mujer, ternura de odio, antigua madre,
quiero entrar, penetrarte,
veneno, llama, ausencia,
mar amargo y amargo, atravesarte.
Cada célula es hembra, tierra abierta,
agua abierta, cosa que se abre.
Yo nací para entrarte.
Soy la flecha en el lomo de la gacela agonizante.
Por conocerte estoy,
grano de angustia en corazón de ave.
Yo estaré sobre ti, y todas las mujeres
tendrán un hombre encima en todas partes.

Jaime Sabines
Elop

"La primera vez que me masturbé fue en el callejón Emiliano Zapata. Tenía treinta y ocho años menos de los que cargo hasta el día de hoy. Era un niño y lo hice por una niña que me traía loco, según, me enamoré. Ella vivía por el barrio San Nicolás, a tres calles de mi casa. Ese día fue el primero donde caminé a su lado después de clase. Ninguno de los dos habló en todo el camino. Se me hizo tan corto y a la vez eterno. Eran las doce del día, el calor picaba en la piel, olía a hojas secas y mojadas por la lluvia de la madrugada; el día sabía a brisa. Nada le faltaba para ser perfecto. Para sentir la dulzura de su mirada. Todo era convexo y azul. Me pesaba la mochila, quería volar. El vapor se impregnaba por mi pecho al ver el color de sus ojos al reflejarse el sol en ellos. Era bella, bonita, inocente. Era niña. Tan niña como niño yo.

Recuerdo que solía mandarle paletas de fresa cada semana sin que ella supiera quién era. Lo hacía sólo para ver su sonrisa cuando la descubría....y finalmente...gracias al calor del sol y a los de mi cuerpo, sentí su amor tan profundo ahí, en el día, con el sol, con ella en mi pensamiento, explotó mi vida y se fundieron mis mil y un deseos por su nombre, por su llanto, por sus manos, por su color, por sus ganas.
Al final...me mató su amor. Al siguiente día no supe más de ella.

¿Su nombre? ¡Carolina! Carolina se fue a vivir a la capital al siguiente día de caminar junto a mi y de descubrir su brillo. ¿Mi nombre? Roberto. Hasta ahora lo sabe. Vivo en la capital, soy psicólogo y casualmente es mi paciente. Hasta hoy sabrá el sabor de sus paletas."


Elop
Elop

"Un día por la noche sentada sobre una macetera por una avenida muy conocida me preguntaron que si era puta. Solicitaban un servicio de sexo por horas. La cuestión es que ni soy puta ni llevaba la vestimenta característica que usa una sexoservidora de la ciudad, incluso puedo asegurar que a primera vista lo que menos parezco es una puta. Y lo que más me dio curiosidad es que me lo preguntaron de la manera más educada que imaginé que lo preguntara un hombre. Considero que fue uno de los peores momentos para preguntarmelo ya que estaba mal emocionalmente, ya sabes, llorando por sentimientos, por algo, por alquien. Aunque fuese el peor momento, creo que fue el ideal para que dejara de llorar y sonriera un poco. ¡Primera vez que parezco prostituta!
El tipo que me lo preguntó se veía un hombre que acabara de trabajar y viniera cansado y que a pesar de eso se hubiese ido a una cantina a tomarse unos tequilitas o algo más que tequilitas porque sus ojos se veían rojos, muy rojos. O tal vez era velador y dobló turno. O tal vez ni esa cosa ni la otra; pero aunque fuese una puta, no me hubiera acostado con él. Estaba feo y vestía de negro. Hace diez minutos me consideraban una puta. Ahora me da risa."

-Feliz noche chicas-
-Yo no trabajo para ellos, ellos trabajan para mi-
-Más que un trabajo, es diversión-
-Yo creo que en las noches es cuando hay más vida en las calles-
-Entre nosotras creamos un día para celebrarnos-
-Pásale-


Elop.
Elop

Secreciones de veneno y ternura que envenenan la respiración de los árboles que nacieron en esa tierra carcomida por los pies de la humedad.
Rayitos de sol que queman las hojas más inocentes y se caen a mis pies implorandome un poco de eso que me hizo volver a respirar. Eso que se robó el cesped verde vivo. Verde mata. Verde piel. Verde y tan verde de amor desconocido y perdido en alguna gota de agua en el suelo. Se podría encontrar para comerlo, despellejarlo y dejarlo sin sangre hasta ser feliz. Inagotablemente feliz para que me envidien las hojas y el cesped y cada gota que pise hasta morirse y elevarse. Matarlas hasta con mis ojos y que nunca más me hagan daño.
Tremendo universo inmortal. Nada cabe en mi alma que no esté vivo y que me haga morir día a día. Morir viviendo. Vivir muriendo y permaneciendo en el mismo retrato de mi avidez. Que sople el viendo hasta aturdirme con sus miserables cancioncitas de amor débil que me caen como trapito húmedo en mi frente. Que se caigan las hojas y la tierra tenga vida...y que se vaya la vida cuando me dejen tus ojos.

Elop.
Elop

Estar simplemente como delgada carne ya sin piel,
como huesos y aire cabalgando en el alba,
como un pequeño y mustio tiempo
duradero entre penas y esperanzas perfectas.
Estar vilmente atado por absurdas cadenas
y escuchar con el viento los penetrantes gritos
que brotan del océano:
agonizantes pájaros cayendo en la cubierta
de los barcos oscuros y eternamente bellos,
o sobre largas playas ensordecidas, ciegas
de tanta fina espuma como miles de orquídeas.
Porque, ¡qué alto mar, sucio y maravilloso!
Hay olas como árboles difuntos,
hay una rara calma y una fresca dulzura,
hay horas grises, blancas y amarillas.

Y es el cielo del mar, alto cielo con vida
que nos entra en la sangre, dando luz y sustento
a lo que hubiera muerto en las traidoras calles,
en las habitaciones turbias de esta negra ciudad.
Esta ciudad de ceniza y tezontle cada día menos puro,
ciudad de acero, sangre y apagado sudor.

Amplia y dolorosa ciudad donde caben los perros,
la miseria y los homosexuales,
las prostitutas y la famosa melancolía de los poetas,
los rezos y las oraciones de los cristianos.

Sarcástica ciudad donde la cobardía y el cinismo son alimento diario
de los jovencitos alcahuetes de talles ondulantes,
de las mujeres asnas, de los hombres vados.

Ciudad negra o colérica o mansa o cruel,
o fastidiosa nada más: sencillamente tibia.

Pero valiente y vigorosa porque en sus calles viven los días rojos y azules
de cuando el pueblo se organiza en columnas,
los días y las noches de los militantes comunistas,
los días y las noches de las huelgas victoriosas,
los crudos días en que los desocupados adiestran su rencor
agazapados en los jardines o en los quicios dolientes.

¡Los días en la ciudad! Los días pesadísimos
como una cabeza cercenada con los ojos abiertos.
Estos días como frutas podridas.
Días enturbiados por salvajes mentiras.
Días incendiarios en que padecen las curiosas estatuas
y los monumentos son más estériles que nunca.

Larga, larga ciudad con sus albas como vírgenes hipócritas,
con sus minutos como niños desnudos,
con sus bochornosos actos de vieja díscola y aparatosa,
con sus callejuelas donde mueren extenuados, al fin,
los roncos emboscados y los asesinos de la alegría.

Ciudad tan complicada, hervidero de envidias,
criadero de virtudes desechas al cabo de una hora,
páramo sofocante, nido blando en que somos
como palabra ardiente desoída,
superficie en que vamos como un tránsito oscuro,
desierto en que latimos y respiramos vicios,
ancho bosque regado por dolorosas y punzantes lágrimas,
lágrimas de desprecio, lágrimas insultantes.

Te declaramos nuestro odio, magnifica ciudad.
A ti, a tus tristes y vulgarísimos burgueses,
a tus chicas de aire, caramelos y films americanos,
a tus juventudes ice cream rellenas de basura,
a tus desenfrenados maricones que devastan
las escuelas, la plaza Garibaldi,
la viva y venenosa calle de San Juan de Letrán.

Te declaramos nuestro odio perfeccionado a fuerza de sentirte cada día más inmensa,
cada hora más blanda, cada línea más brusca.

Y si te odiamos, linda, primorosa ciudad sin esqueleto,
no lo hacemos por chiste refinado, nunca por neurastenia,
sino por tu candor de virgen desvestida,
por tu mes de diciembre y tus pupilas secas,
por tu pequeña burguesía, por tus poetas publicistas,
¡por tus poetas, grandísima ciudad!, por ellos y su enfadosa categoría de descastados,
por sus flojas virtudes de ocho sonetos diarios,
por sus lamentos al crepúsculo y a la soledad interminable,
por sus retorcimientos histéricos de prometeos sin sexo
o estatuas del sollozo, por su ritmo de asnos en busca de una flauta.

Pero no es todo, ciudad de lenta vida.

Hay por ahí escondidos, asustados, acaso masturbándose,
varias docenas de cobardes, niños de la teoría,
de la envidia y el caos, jóvenes del "sentido práctico de la vida",
ruines abandonados a sus propios orgasmos,
viles niños sin forma mascullando su tedio,
especulando en libros ajenos a lo nuestro.

¡A lo nuestro, ciudad, lo que nos pertenece,
lo que vierte alegría y hace florecer júbilos,
risas, risas de gozo de unas bocas hambrientas,
hambrientas de trabajo,
de trabajo y orgullo de ser al fin varones
en un mundo distinto!

Así hemos visto limpias decisiones que saltan
paralizando el ruido mediocre de las calles,
puliendo caracteres, dando voces de alerta,
de esperanza y progreso.

Son rosas o geranios, claveles o palomas,
saludos de victoria y puños retadores.
Son las voces, los brazos y los pies decisivos,
y los rostros perfectos, y los ojos de fuego,
y la táctica en vilo de quienes hoy te odian
para amarte mañana cuando el alba sea alba
y no chorro de insultos, y no río de fatigas,
y no una puerta falsa para huir de rodillas.

Efraín Huerta
Elop

Sentí la presencia y vi su calzado. Unos tennis blancos raspados de sus partes laterales. Pisados. Con poca suela y menos pulcritud. Pero se veía limpia por dentro. Llevaba unos pantalones azules bien bordados. Su camiseta de cuello redondo con estampados de caricaturas. Caricaturas sonrientes. Sobre su blusa ella vestía un sweater azul rey. Radiante. Más que ella. Azul, parecido al cielo cuando termina el día. Azul.

Llevaba en su mano derecha un billete. Húmedo. Húmedo de tanto apretarlo. De tanto acariciarlo con la yema de sus dedos. Dedos delgados y huesudos. Se paró casi a dos metros de mi mesa. Miró el lugar y con voz tímida, temerosa y bajita, preguntó el precio de las tortas. Ahí está en la carta, hay diferentes precios. Le dijo el señor. Un señor robusto y blanco. Con gorro y mandíl.

Ella observaba y daba vuelta a la carta y después de varios minutos preguntó: Disculpe, ¿En qué parte viene la sección de las tortas?. El señor le quitó la carta de su mano y con cierto enfado le señaló con el dedo índice. Mira: TORTAS. Gracias, le dijo ella. Se quedó fija en la carta por otros minutos. Indecisa.

Miré su rostro. Era morena. Su piel era seca, se veía tibia. Viva. Con sus latiditos reluciendo. Latiditos de corazón sobreviviendo. Tenía el cabello negro y lizo. Parte de él le caía sobre su frente y ojos. Sus manos sudaban. Hasta parecía que temblaba. Sus ojos eran grandes y negros. Su boca chica y rosada. Tenía la mirada indiscutiblemente tierna y triste, con matices de alegría que no llegaba a felicidad. Ligera y vana felicidad.

Pidió una torta para llevar. Mientras se la preparaban, ella miraba lentamente. Miraba el techo, miraba sus manos, miraba al suelo, miraba la carne, miraba las manos del señor. Miraba. Miraba y miraba. Aunque más que mirar, pensaba. Siempre con sus labios apretados casi con una sonrisa forzosa. Como si se estuviera aguantando para no hablar. Como si quisiera hablar. Nunca se movió de donde estaba desde que llegó. Pasaba el billete a la mano izquierda, lo apretaba, lo volvía pasar a la derecha. Lo miraba. Se secaba el sudor de sus manos en el pantalón.

Su torta estaba lista. Alzó la mano para pagar. Sus ojos florecieron. Recibió dos monedas de cambio. Salió caminando y viendo la luna con sus labios húmedos y sueltos. Sus dientes eran grandes y firmes. Blancos como la misma luna.
Su noche floreció.
No tenía más de dieciséis años.

"El brillito volvió con el sabor en su boca"

Elop.
Elop

Feliz cumpleaños Elva.


Elop.
Elop

Ayer me contaron una pequeña anecdota en la cual uno de los extras que aparecían en la historia era Jorge Luis Borges.
Ahora sólo se me ocurrió mostrar uno de sus poemas.
Gracias.




A un poeta sajón

Tú cuya carne, hoy dispersión y polvo,
pesó como la nuestra sobre la tierra,
tú cuyos ojos vieron el sol, esa famosa estrella,
tú que viniste no en el rígido ayer
sino en el incesante presente,
en el último punto y ápice vertiginoso del tiempo,
tú que en tu monasterio fuiste llamado
por la antigua voz de la épica,
tú que tejiste las palabras,
yú que cantaste la victoria de Brunanburh
y no la atribuiste al Señor
sino a la espada de tu rey,
tú que con júbilo feroz cantaste,
la humillación del viking,
el festín del cuervo y del águila,
tú que en la oda militar congregaste
las rituales metáforas de la estirpe,
tú que en un tiempo sin historia
viste en el ahora el ayer
y en el sudor y sangre de Brunanburh
un cristal de antiguas auroras,
tú que tanto querías a tu Inglaterra
y no la nombraste,
hoy no eres otra cosa que unas palabras
que los germanistas anotan.
Hoy no eres otra cosa que mi voz
cuando revive tus palabras de hierro.

Pido a mis dioses o a la suma del tiempo
que mis días merezcan el olvido,
que mi nombre sea Nadie como el de Ulises,
pero que algún verso perdure
en la noche propicia a la memoria
o en las mañanas de los hombres.

Jorge Luis Borges.
Elop

La ropa tirada se lamenta. El suelo las cobija, les da agua, les inspira.
No se da cuenta que la ama, sólo se mira a sí mismo.
Con música romántica, siempre las mismas canciones. Nunca las recuerda.
Sólo sabe de lo bien que se ve con ese peinado que ve frente al espejo.
Ella también le nutre su vanidad al regalarle esas miradas demoledoras.
Nunca tienen su cama limpia, pero sus cuerpos sí. El más lúgubre contraste.
Las paredes son húmedas y mohosas.
Y comienza otra canción...
Una melodía pura, transparente. Ellos sudando artificiales sin sentido y con vacío. Otro lúgubre contraste.
La canción llena el vacío. Y a ellos no los llena nada.
Ella lo ama. Él...Él se gusta a sí mismo.
Ella se entrega. Él se luce.
La cama soporta, las paredes observan, el viento no quiere salir, el techo se ríe.
Sus ojos cegados en el, y él ni la mira.
Poco a poco vuelve a la realidad, le da el olor a humedad. Le dice que lo ama.
Él ríe con brillo en los ojos y se da cuenta de lo bien que se le ve el tatuaje del brazo en esa postura.
Realmente nunca supo si la amó. Jamás lo sintió ni lo sentirá.
Se puso la ropa. Terminaron las canciones. Comenzaron los sollozos. Una vez más.
Esta vez, no volverá.
El niño bonito se quedó solito.

"No recomiendo tener sexo con música romántica. Tengo cierta tendencia a deprimirme. Prefiero oirla al hacer el amor."

Elop.
Elop

De terciopelo amarillo.
Del color del amor.
De blancas gotas de lluvia.
Inseparables.
Triangulares.
Lúcidas.
Discretas y manchadas.
Callendo sobre los hombros de mis alas entrecortadas por el sol.
Calando el dolor de lo inevitablemente absurdo entre manos.
Protegiéndote paso a pasito con las manos tibias.
Desligando de a poquito tus ojitos.
Y vuelve a amanecer.

Elop.
Elop

LA MUCHACHA EBRIA
(Por Efraín Huerta)

Este lánguido caer en brazos de una desconocida,
esta brutal tarea de pisotear mariposas y sombras y cadáveres;
este pensarse árbol, botella o chorro de alcohol,
huella de pie dormido, navaja verde o negra;
este instante durísimo en que una muchacha grita,
gesticula y sueña por una virtud que nunca fue la suya.
Todo esto no es sino la noche,
sino la noche grávida de sangre y leche,
de niños que se asfixian,
de mujeres carbonizadas
y varones morenos de soledad
y misterioso, sofocante desgaste.
Sino la noche de la muchacha ebria
cuyos gritos de rabia y melancolía
me hirieron como el llanto purísimo,
como las náuseas y el rencor,
como el abandono y la voz de las mendigas.

Lo triste es este llanto, amigos, hecho de vidrio molido
y fúnebres gardenias despedazadas en el umbral de las cantinas,
llanto y sudor molidos, en que hombres desnudos, con sólo negra barba
y feas manos de miel se bañan sin angustia, sin tristeza:
llanto ebrio, lágrimas de claveles, de tabernas enmohecidas,
de la muchacha que se embriaga sin tedio ni pesadumbre,
de la muchacha que una noche —y era una santa noche—
me entregara su corazón derretido,
sus manos de agua caliente, césped, seda,
sus pensamientos tan parecidos a pájaros muertos,
sus torpes arrebatos de ternura,
su boca que sabía a taza mordida por dientes de borrachos,
su pecho suave como una mejilla con fiebre,
y sus brazos y piernas con tatuajes,
y su naciente tuberculosis,
y su dormido sexo de orquídea martirizada.

Ah la muchacha ebria, la muchacha del sonreír estúpido
y la generosidad en la punta de los dedos,
la muchacha de la confiada, inefable ternura para un hombre,
como yo, escapado apenas de la violencia amorosa.
Este tierno recuerdo siempre será una lámpara frente a mis ojos,
una fecha sangrienta y abatida.

¡Por la muchacha ebria, amigos míos!
Elop

Lo primero que leí de él fue un cuento absolutamente original, "El caso Berciani", publicado en la antología Buenos Aires, de Juan Forn, Anagrama, 1992. En dicho libro, compuesto por textos de escritores tan relevantes como Piglia, Aira, Saccomanno o Fresán, el cuento del señor Pauls sobresalía por diversos motivos, el más notable de los cuales era una anomalía: había algo en "El caso Berciani" que sugería un rizo espacio-temporal, no sólo en el argumento, que por otra parte no iba de eso, es decir no era de ciencia-ficción ni nada parecido, sino en el encadenamiento de los hechos narrados, en la feroz entropía apenas entrevista, en la disposición de los párrafos y de las oraciones.

Durante mucho tiempo fui un lector fervoroso de este escritor del que sólo conocía un cuento. Sabía pocas cosas de él: había nacido en Buenos Aires en 1959, había publicado dos novelas que jamás pude encontrar, El pudor del pornógrafo y El coloquio y un libro de ensayo sobre Manuel Puig. Así que durante mucho tiempo me tuve que conformar --y fue más que suficiente-- con leer y releer "El caso Berciani", que a estas alturas me parece, es evidente, un cuento perfecto, si es que existen monstruos perfectos, supuesto poco razonable.

Hasta que un día entré en contacto con el fabuloso señor Pauls. No sé si yo le escribí o fue él quien me escribió. Creo que fue él. Una carta cuya sequedad me dejó impresionado. Temblando, incluso. En esa carta me hablaba de un viaje en automóvil en compañía de su hija, una niña de edad similar a la de mi hijo, tal vez un poco menor. El viaje, según entendí tras releer su carta diez veces (vicio adquirido con "El caso Berciani") había empezado en el centro de Buenos Aires para terminar en el extrarradio. La jovencita Pauls parecía una niña inteligentísima. Su padre, un conductor de coches experto. El mundo, inhóspito. Contesté su carta mandándole saludos a la niña, de mi parte y de parte de mi hijo. Tal vez aquí cometí una falta de delicadeza, pues el señor Pauls tardó un poco en contestarme, aduciendo no sé qué problemas con su computadora. Su hija se hizo la desentendida con respecto a los saludos de mi hijo.

Poco después leí dos cuentos o dos fragmentos de una saga hipocondriaca o médica, firmados por el señor Pauls, y que hasta donde sé, permanecen inéditos. Ambos cuentos o fragmentos o lo que sea me parecieron perfectos, monstruos perfectos. Llegado a este punto, como comprenderá cualquier lector, lo único que deseaba era seguir leyéndolo. De tal manera que le pedí a Rodrigo Fresán (quien, además de amigo del señor Pauls, durante un tiempo fue su vecino) que en su próximo viaje a la Argentina arramblara con todo lo que estuviera firmado por este autor. Así leí Wasabi, su tercera y por ahora última novela, en donde narra el crecimiento y el a la postre imposible amaestramiento de un forúnculo, y su libro de ensayos sobre Borges, El factor Borges, un libro estupendo, como Wasabi, pero que desde el inicio plantea una serie de problemas borgeanos: el libro está firmado por Alan Pauls y Nicolás Helft, sin embargo en los créditos se aclara que el texto es de Alan Pauls y que las imágenes reproducidas con generosidad pertenecen a los Archivos de la Fundación San Telmo. ¿Entonces por qué el libro aparece firmado por Nicolás Helft? ¿Y quién es Nicolás Helft? Según Fresán, Nicolás Helft es el propietario de algunas de las ilustraciones o de los facsímiles que aparecen en el libro. Yo no lo creo. Tampoco creo que sea un heterónimo creado por el señor Pauls, poco dado a excesos portugueses, sino más bien la sombra de una sombra, la sombra de un conde polaco, por ejemplo, o la sombra de cierta descorazonadora lucidez.

Recuerdo una carta que me escribió hace ya mucho tiempo el señor Alan Pauls. Me decía en ella que se había ido con su mujer --y presumiblemente con su niña-- a una comuna hippie uruguaya. No a vivir, aclaraba, sino a pasar unos días. Durante esos días lo único que hizo, eso entendí tras leer su carta diez veces, fue terminar de leer una novela larga y contemplar una especie de duna que el viento cambiaba de sitio de forma más que perceptible. Pero lo raro fue que nadie se daba cuenta de ello. En fin, eso suele pasar, querido señor Pauls, pensé tras la lectura número diez. Es usted uno de los mejores escritores latinoamericanos vivos y somos muy pocos los que disfrutamos con ello y nos damos cuenta.

(Por Roberto Bolaño).
Elop

Bastante amplio es lo que no se ve pero que existe entre el cielo y la tierra. Pequeñas dimensiones posiblemente vírgenes por la dificultad de pasar a la nueva aventura de lo impredecible. Es un rincón donde he podido entrar pero no he podido salir. Es terrorífico y abrazador. Es el pequeño estado del tiempo que si te toma en cuenta, que no pasa sin preguntarte si ya pudiste hacer, crear, sustentar, criticar, purificar, ablandar, memorizar, interpretar lo suficiente para estar satisfecho. Es un mundo donde no existe la razón de lo correcto. Es un túnel paradójico y áspero que si tiene algo de qué hablar. Es la sensación de estar y no estar por el hecho de que se puede no existir existiendo. Es un espacio donde existe una persona por cada mundo. Es la poca rutina. Es el tiempo dadivoso. Es la lluvia que no cae. Es el poco sentido común. Es el encanto de lo surrealista que puede ser la vida dentro de la misma existencia. Es terriblemente encantador.

Elop.
Elop


No era muy tarde cuando me di cuenta de que realmente mi cabeza pensaba y pensaba hasta parecer que iba a salir de ella la voz de todo lo que contenía. Traté de sumergirme en las aguas de lo que algunas personas llaman abandono, yo llamo la pausa, la pausa de todo lo que sigue, de todo lo posible. La pausa apacible que me transforma en algo superior.

Entré y llegué a un espacio sobre la tierra, un espacio desde donde se veía pequeño ese inmenso pedazo de todo. Eran pocos los seres que estaban conmigo y no eran precisamente humanos, había gotas de lluvia gigantes, peces amarillos corriendo en patines, pedazos de frases célebres flotando. Encontré el piso mojado con olor a lluvia, lluvia que nunca llegó, mis zapatos no sé en qué momento desaparecieron pero mis pies probaron el frío de la tierra de contradicciones mezcladas entre mis dedos y lo que me sostenía. Parecía goma, goma sucia, goma usada, goma que no me dejaba caminar ligera, era goma podrida salida de las lágrimas del cielo o tal vez lágrimas del sol llenas de metales desconocidos pero que daban curiosidad por sus colores.

Llegó un momento en el que pude salir de esa superficie y empecé a flotar. Flotaba con una tranquilidad tal vez impredecible. Nunca llegue a saber si tenía alas. Pero flotaba y miraba desde arriba lo que los demás no podían. Lo que los demás querían mirar y no lo hacían porque nunca pisaron esa goma. Se me pegaban las frases celebres en la espalda y bailaban entre mi espalda y mi columna.

Escuché la voz de mi padre diciendome que le parecía ridículo verme en ese lugar a mi también como el. Nunca lo vi. "Ni se te ocurra buscarme porque no me vas a ver niñita. Y no soy tu padre. Soy tu abuelo. ¿Me parezco a tu padre verdad?. ¿Te asusta que sepa lo que estás pensando?. Salte de este sueño y cuando llegues a tu cama, duerme. Y me saludas a tu papá"

Mientras mi abuelo me hablaba lo único que hacía era mover los dedos de mis pies en esa goma que me atraía demasiado. Tando que me senté en el piso y la tomé con mis manos con el único fin de ponermelo en la cara como jabón de ducha. Era una crema bastante rica para mi rostro. Olía a nuez, tal vez a almendra. Sabía a almendra. Si, realmente era una goma hecha de almendra. La almendra. Abrí mis ojos y aparecí en mi baño frente al espejo con la misma goma en mi cara. Una goma blancuzca ya. Mi rostro era diferente. Volví a escucharlo. Mi abuelo. "Bienvenida". Caían gotas en mi cama pero no se mojaba. No era agua. Me limpié y vi mi silueta por el espejo y entre mis dedos corria flujo sanguíneo que desaparecia poco a poco por el piso.

Elop.