Hoy te encontré vestida de pensamiento azul.
Con lunares tibios y ojos de primavera.
Hoy te encontré. Te sopló el viento desde mi luna.
Te cubrí el cuerpo de sombra callada.
Mañana te quiero volver a encontrar.
...Elop
Elop

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.
Mario Benedetti
Elop

Mi corazón emprende de mi cuerpo a tu cuerpo
último viaje.
Retoño de la luz,
agua de las edades que en ti, perdida, nace.
Ven a mi sed. ahora.
Después de todo. Antes.
Ven a mi larga sed entretenida
en bocas, escasos manantiales.
Quiero esa arpa honda que en tu vientre
arrulla niños salvajes,
Quiero esa tensa humedad que te palpita ,
esa humedad de agua que te arde.
Mujer, músculo suave.
La piel de un beso entre tus senos
de oscurecido oleaje
me navega en la boca
y mide sangre.
Tú también. Y no es tarde.
Aún podemos morirnos uno en otro:
es tuyo y mío ese lugar de nadie.
Mujer, ternura de odio, antigua madre,
quiero entrar, penetrarte,
veneno, llama, ausencia,
mar amargo y amargo, atravesarte.
Cada célula es hembra, tierra abierta,
agua abierta, cosa que se abre.
Yo nací para entrarte.
Soy la flecha en el lomo de la gacela agonizante.
Por conocerte estoy,
grano de angustia en corazón de ave.
Yo estaré sobre ti, y todas las mujeres
tendrán un hombre encima en todas partes.
Jaime Sabines
Elop

"La primera vez que me masturbé fue en el callejón Emiliano Zapata. Tenía treinta y ocho años menos de los que cargo hasta el día de hoy. Era un niño y lo hice por una niña que me traía loco, según, me enamoré. Ella vivía por el barrio San Nicolás, a tres calles de mi casa. Ese día fue el primero donde caminé a su lado después de clase. Ninguno de los dos habló en todo el camino. Se me hizo tan corto y a la vez eterno. Eran las doce del día, el calor picaba en la piel, olía a hojas secas y mojadas por la lluvia de la madrugada; el día sabía a brisa. Nada le faltaba para ser perfecto. Para sentir la dulzura de su mirada. Todo era convexo y azul. Me pesaba la mochila, quería volar. El vapor se impregnaba por mi pecho al ver el color de sus ojos al reflejarse el sol en ellos. Era bella, bonita, inocente. Era niña. Tan niña como niño yo.
Recuerdo que solía mandarle paletas de fresa cada semana sin que ella supiera quién era. Lo hacía sólo para ver su sonrisa cuando la descubría....y finalmente...gracias al calor del sol y a los de mi cuerpo, sentí su amor tan profundo ahí, en el día, con el sol, con ella en mi pensamiento, explotó mi vida y se fundieron mis mil y un deseos por su nombre, por su llanto, por sus manos, por su color, por sus ganas.
Al final...me mató su amor. Al siguiente día no supe más de ella.
¿Su nombre? ¡Carolina! Carolina se fue a vivir a la capital al siguiente día de caminar junto a mi y de descubrir su brillo. ¿Mi nombre? Roberto. Hasta ahora lo sabe. Vivo en la capital, soy psicólogo y casualmente es mi paciente. Hasta hoy sabrá el sabor de sus paletas."
Elop
Elop

"Un día por la noche sentada sobre una macetera por una avenida muy conocida me preguntaron que si era puta. Solicitaban un servicio de sexo por horas. La cuestión es que ni soy puta ni llevaba la vestimenta característica que usa una sexoservidora de la ciudad, incluso puedo asegurar que a primera vista lo que menos parezco es una puta. Y lo que más me dio curiosidad es que me lo preguntaron de la manera más educada que imaginé que lo preguntara un hombre. Considero que fue uno de los peores momentos para preguntarmelo ya que estaba mal emocionalmente, ya sabes, llorando por sentimientos, por algo, por alquien. Aunque fuese el peor momento, creo que fue el ideal para que dejara de llorar y sonriera un poco. ¡Primera vez que parezco prostituta!
El tipo que me lo preguntó se veía un hombre que acabara de trabajar y viniera cansado y que a pesar de eso se hubiese ido a una cantina a tomarse unos tequilitas o algo más que tequilitas porque sus ojos se veían rojos, muy rojos. O tal vez era velador y dobló turno. O tal vez ni esa cosa ni la otra; pero aunque fuese una puta, no me hubiera acostado con él. Estaba feo y vestía de negro. Hace diez minutos me consideraban una puta. Ahora me da risa."
-Feliz noche chicas-
-Yo no trabajo para ellos, ellos trabajan para mi-
-Más que un trabajo, es diversión-
-Yo creo que en las noches es cuando hay más vida en las calles-
-Entre nosotras creamos un día para celebrarnos-
-Pásale-
Elop.
Elop

Secreciones de veneno y ternura que envenenan la respiración de los árboles que nacieron en esa tierra carcomida por los pies de la humedad.
Rayitos de sol que queman las hojas más inocentes y se caen a mis pies implorandome un poco de eso que me hizo volver a respirar. Eso que se robó el cesped verde vivo. Verde mata. Verde piel. Verde y tan verde de amor desconocido y perdido en alguna gota de agua en el suelo. Se podría encontrar para comerlo, despellejarlo y dejarlo sin sangre hasta ser feliz. Inagotablemente feliz para que me envidien las hojas y el cesped y cada gota que pise hasta morirse y elevarse. Matarlas hasta con mis ojos y que nunca más me hagan daño.
Tremendo universo inmortal. Nada cabe en mi alma que no esté vivo y que me haga morir día a día. Morir viviendo. Vivir muriendo y permaneciendo en el mismo retrato de mi avidez. Que sople el viendo hasta aturdirme con sus miserables cancioncitas de amor débil que me caen como trapito húmedo en mi frente. Que se caigan las hojas y la tierra tenga vida...y que se vaya la vida cuando me dejen tus ojos.
Elop.
Elop

Estar simplemente como delgada carne ya sin piel,
como huesos y aire cabalgando en el alba,
como un pequeño y mustio tiempo
duradero entre penas y esperanzas perfectas.
Estar vilmente atado por absurdas cadenas
y escuchar con el viento los penetrantes gritos
que brotan del océano:
agonizantes pájaros cayendo en la cubierta
de los barcos oscuros y eternamente bellos,
o sobre largas playas ensordecidas, ciegas
de tanta fina espuma como miles de orquídeas.
Porque, ¡qué alto mar, sucio y maravilloso!
Hay olas como árboles difuntos,
hay una rara calma y una fresca dulzura,
hay horas grises, blancas y amarillas.
Y es el cielo del mar, alto cielo con vida
que nos entra en la sangre, dando luz y sustento
a lo que hubiera muerto en las traidoras calles,
en las habitaciones turbias de esta negra ciudad.
Esta ciudad de ceniza y tezontle cada día menos puro,
ciudad de acero, sangre y apagado sudor.
Amplia y dolorosa ciudad donde caben los perros,
la miseria y los homosexuales,
las prostitutas y la famosa melancolía de los poetas,
los rezos y las oraciones de los cristianos.
Sarcástica ciudad donde la cobardía y el cinismo son alimento diario
de los jovencitos alcahuetes de talles ondulantes,
de las mujeres asnas, de los hombres vados.
Ciudad negra o colérica o mansa o cruel,
o fastidiosa nada más: sencillamente tibia.
Pero valiente y vigorosa porque en sus calles viven los días rojos y azules
de cuando el pueblo se organiza en columnas,
los días y las noches de los militantes comunistas,
los días y las noches de las huelgas victoriosas,
los crudos días en que los desocupados adiestran su rencor
agazapados en los jardines o en los quicios dolientes.
¡Los días en la ciudad! Los días pesadísimos
como una cabeza cercenada con los ojos abiertos.
Estos días como frutas podridas.
Días enturbiados por salvajes mentiras.
Días incendiarios en que padecen las curiosas estatuas
y los monumentos son más estériles que nunca.
Larga, larga ciudad con sus albas como vírgenes hipócritas,
con sus minutos como niños desnudos,
con sus bochornosos actos de vieja díscola y aparatosa,
con sus callejuelas donde mueren extenuados, al fin,
los roncos emboscados y los asesinos de la alegría.
Ciudad tan complicada, hervidero de envidias,
criadero de virtudes desechas al cabo de una hora,
páramo sofocante, nido blando en que somos
como palabra ardiente desoída,
superficie en que vamos como un tránsito oscuro,
desierto en que latimos y respiramos vicios,
ancho bosque regado por dolorosas y punzantes lágrimas,
lágrimas de desprecio, lágrimas insultantes.
Te declaramos nuestro odio, magnifica ciudad.
A ti, a tus tristes y vulgarísimos burgueses,
a tus chicas de aire, caramelos y films americanos,
a tus juventudes ice cream rellenas de basura,
a tus desenfrenados maricones que devastan
las escuelas, la plaza Garibaldi,
la viva y venenosa calle de San Juan de Letrán.
Te declaramos nuestro odio perfeccionado a fuerza de sentirte cada día más inmensa,
cada hora más blanda, cada línea más brusca.
Y si te odiamos, linda, primorosa ciudad sin esqueleto,
no lo hacemos por chiste refinado, nunca por neurastenia,
sino por tu candor de virgen desvestida,
por tu mes de diciembre y tus pupilas secas,
por tu pequeña burguesía, por tus poetas publicistas,
¡por tus poetas, grandísima ciudad!, por ellos y su enfadosa categoría de descastados,
por sus flojas virtudes de ocho sonetos diarios,
por sus lamentos al crepúsculo y a la soledad interminable,
por sus retorcimientos histéricos de prometeos sin sexo
o estatuas del sollozo, por su ritmo de asnos en busca de una flauta.
Pero no es todo, ciudad de lenta vida.
Hay por ahí escondidos, asustados, acaso masturbándose,
varias docenas de cobardes, niños de la teoría,
de la envidia y el caos, jóvenes del "sentido práctico de la vida",
ruines abandonados a sus propios orgasmos,
viles niños sin forma mascullando su tedio,
especulando en libros ajenos a lo nuestro.
¡A lo nuestro, ciudad, lo que nos pertenece,
lo que vierte alegría y hace florecer júbilos,
risas, risas de gozo de unas bocas hambrientas,
hambrientas de trabajo,
de trabajo y orgullo de ser al fin varones
en un mundo distinto!
Así hemos visto limpias decisiones que saltan
paralizando el ruido mediocre de las calles,
puliendo caracteres, dando voces de alerta,
de esperanza y progreso.
Son rosas o geranios, claveles o palomas,
saludos de victoria y puños retadores.
Son las voces, los brazos y los pies decisivos,
y los rostros perfectos, y los ojos de fuego,
y la táctica en vilo de quienes hoy te odian
para amarte mañana cuando el alba sea alba
y no chorro de insultos, y no río de fatigas,
y no una puerta falsa para huir de rodillas.
Efraín Huerta
